Alguna vez me pregunté si las utopías hacían a la vida más llevadera, o si la vida misma es toda ella una gran utopía. Un dilema pedregoso que ni las tardes de cerveza negra en el antro de “Pachi” me ayudaron a resolver.
Es justo esa palabra –utopía- la que me resuena seguido en la cabeza como si los pensamientos viajaran a toda velocidad e insistieran una y otra vez en que reflexione al respecto. Un ejercicio sin dudas tortuoso. Será porque hace poco me crucé con don Hugo Aurelio: uno de esos típicos personajes que encajan en la trillada representación de “viejo divino”, esa que tan bien suelen hacer las mujeres más o menos inofensivas.
Recuerdo que esa tarde llovía irasciblemente y el cielo amenazaba de manera constante con caerse sobre nosotros de una buena vez. Si lo pienso bien, no entiendo cómo me topé con su persona, y tampoco qué carajo hacía en Conlara, San Luis. En definitiva, ahí estábamos. Él, yo, y una decena de personas a las que tampoco conocía.
Rompí el hielo y de curioso me acerqué y le estreché la mano (más que nada por esa cortesía que se le tiene a las personas mayores que uno). Ahí recién me di cuenta que Hugo Aurelio Moreno tenía 84 años y que los llevaba mal. Las arrugas que caían cansadas de su rostro y su leve olor a rancio me insinuaban que había perdido una gran porción de su cordura. Vestía un piloto negro y acarreaba entre su brazos una bolsa con papeles.
De esa charla me quedó poco. Lo seguro es que todo él era parte de una postal puntana. Había sido profesor de la universidad, en pedagogía y filosofía, y de una escuela de comercio. Siempre en San Luis, pago donde había macerado todas sus aventuras. Como aquellas de los ‘70s, cuando fue corresponsal para el diario La Nación y la agencia DyN, y tiempo después redactor de La Reforma. Todo un periodista improvisado en los años que su provincia pasaba más por desierto que por provincia.
Sin tapujos, estoy convencido que realmente nadie lo recuerda por esos trabajos. Pero sí por su invención: El Diario Mural, un mecanismo comunicacional que si McLuhan viviera, seguro lo envidaría…
Desde el ‘82 en adelante, el hombre se dedicó a escribir una noticia todos los días en pizarrones distribuidos por la ciudad capital de San Luis. Y por eso nomás fue reconocido, mejor dicho, considerado casi una eminencia. Creo haber escuchado que en su momento tuvo hasta 74 pizarras y que ahora producto de su vejez emplea a cinco chicas “con buena letra” (eso sí lo recuerdo), que se entregan cada mañana al oficio de informar clandestinamente. El sistema era sencillo: La gacetilla nacía de su puño y letra, y de ahí a esparcirse en los puntos clave de la urbe para arrebatar la mirada de los curiosos. De igual forma continúa con su estrategia hoy día. Es más, quizás en estos precisos momentos haya alguien redactando en las esquinas, lejos de Facebook y Twitter, cerca de lo utópico.
Con esto, en un momento llegué a creer que la vida definitivamente sí es una utopía en su máxima expresión. Ojo, confieso que al instante consideré dejarme de joder con esa enfermiza ecuación a la nada que rebota a menudo en mi cerebro. Pero no sin antes olvidarme del único obstáculo de ese viejo, el mismo que sucedía mientras me hablaba esa tarde, con el que no podía lidiar: la lluvia. Porque “cuando llueve… se borra la tiza, y con ella la noticia”.


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EDITORIAL

Me convertí en un número. Tengo fracción, raíz cuadrada y a veces decimal. También me convertí en un número entero. Mera combinación entre el uno y el cero. Soy numerable y razonable. Despreciable y dispensable. Aceptable y vulnerable. Multiplico. Para el resto no sumo ni resto. Soy consecutivo, destructivo. Me convertí en un número y tengo además factor común. Soy par e impar. Máximo y mínimo. Mayor, igual o menor. Soy múltiplo de dos, de tres, de cuatro o de nueve. No de uno. No para uno. No tengo valor, soy solo valor. Me convertí en un número, me dicen “4232”. Tengo código propio, binomio y exponente. Decadente y resistente. Totalmente ambivalente. Doy resultado y error. Depende la situación, de la ecuación. Soy exacto de facto.

Me convirtieron en un número. Elevé mi razón, mi corazón, a la tercera potencia. Incongruencia, falta de conciencia. Ahora mi alma es cardinal, y mi sentimiento animal. Soy sistemático y matemático, de las ciencias duras en estado puras. Mi nombre es “4232” y hay millones como yo. Solo números, meras combinaciones entre los unos y los ceros.

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