El director de Carancho habló con revista Filo sobre la importancia del Conurbano y del rol del cine. “Es una herramienta de comunicación”, dice.


Atrás quedó “Mocoso malcriado”, el primer cortometraje que Pablo Trapero mostraba al mundo en 1993. Esa carta de presentación iba a asentar su precedente y a generar que 6 años más tarde el acotado mainstream del cine local comenzara a hablar de él por su trabajo en la película “Mundo Grúa”. Para ese entonces tenía 28 años y ya se alzaba como uno de los exponentes más jóvenes del rubro, con tintes de aires renovadores.

Su historia fílmica es tan clínica como su ojo. A esas puestas le siguieron con éxito los largos “El bonaerense” (2002), y “Nacido y criado” (2006). Hasta que logró hacerse un lugar entre las cintas nacionales más respetadas con “Leonera” (2008) y su última producción “Carancho”, estrenada en mayo pasado.

El universo Trapero, editorialista, narrativo y estético, refiere a la intimidad, a lo propio, a eso de que el público se vea reflejado con “una persona y no con un personaje”, tal como él mismo define. También al antagonismo tragedia y amor. Y eso tiene su impronta en La Matanza (el mismo nombre que lleva su productora). Precisamente en San Justo, la ciudad cabecera que lo vio nacer y la locación que utilizó para gran parte de sus escenas.

“Más allá que Matanza fue el lugar donde me crié y viví casi toda mi vida, y por eso tiene un valor muy especial para mí, creo que el Conurbano en general, sobre todo la zona oeste y la zona sur, tiene una gran línea de tensión”, explica a revista Filo en una charla telefónica antes de viajar a Cannes, donde presentaría su reciente film que protagonizó Ricardo Darín junto a su mujer, la actriz Martina Gusmán.

Filo: ¿Qué te llama la atención del Gran Buenos Aires?

Trapero: Me gusta hablar de ese lugar porque es muy simbólico de lo que pasa en Argentina en general. No es el Interior, pero tampoco es Capital Federal, no es el campo pero tampoco la gran Ciudad, no es una cosa ni otra. Es el Conurbano justamente, en donde hay un cruce entre la gente que quiere entrar a la Ciudad y la que se quiere ir. Y ahí se genera una zona donde pasan un millón de cosas por día. Hay una idea de transición permanente, tiene mucha movilidad, no es como el barrio de San Telmo. Hay millones de personas que se trasladan, se mueve, además, sabemos lo que representan los votantes y lo que generan en las elecciones.

-En tus producciones siempre sobrevuela el compromiso con la realidad, es decir, con lo que pasa en la calle. ¿A qué se debe esa visión crítica?

-Pienso que estas películas, desde Mundo Grúa para acá, no solo tuvieron la posibilidad de ganar premios en festivales sino también de generar propuestas, de abrir espacios a temas que estaban un poco olvidados. Es una satisfacción extra, sobre todo si tienen un sentido más amplio que el solo hecho de haberse emitido por la pantalla.

-¿Qué opinás del mensaje social del cine comercial, pero comprometido socialmente?

-Las películas tienen esa capacidad de conmovernos en ese tiempo que duran. Pero también generan que eso que vivimos ese rato se quede con nosotros. El cine es un hecho meramente artístico y cultural, y una herramienta de comunicación, pero paralelo a eso el cine te permite descubrir universos que no conocías y abrirte a problemáticas nuevas. Así se acerca de una manera más directa a nosotros como ciudadanos.

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EL ROCK Y TRAPERO. La lista de los artistas que musicalizaron sus cintas:

El Bonaerernse: Pablo Lescano

Familia Rodante: León Gieco y Luis Gurevich (músico y productor)

Nacido y Criado: Palo Pandolfo (los temas inéditos se incluyeron en la reedición de su disco “A través de los sueños”)

Leonera: Pity Álvarez (tema Duérmete niño)

Carancho: Las Pelotas (tema Orugas)

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EDITORIAL

Me convertí en un número. Tengo fracción, raíz cuadrada y a veces decimal. También me convertí en un número entero. Mera combinación entre el uno y el cero. Soy numerable y razonable. Despreciable y dispensable. Aceptable y vulnerable. Multiplico. Para el resto no sumo ni resto. Soy consecutivo, destructivo. Me convertí en un número y tengo además factor común. Soy par e impar. Máximo y mínimo. Mayor, igual o menor. Soy múltiplo de dos, de tres, de cuatro o de nueve. No de uno. No para uno. No tengo valor, soy solo valor. Me convertí en un número, me dicen “4232”. Tengo código propio, binomio y exponente. Decadente y resistente. Totalmente ambivalente. Doy resultado y error. Depende la situación, de la ecuación. Soy exacto de facto.

Me convirtieron en un número. Elevé mi razón, mi corazón, a la tercera potencia. Incongruencia, falta de conciencia. Ahora mi alma es cardinal, y mi sentimiento animal. Soy sistemático y matemático, de las ciencias duras en estado puras. Mi nombre es “4232” y hay millones como yo. Solo números, meras combinaciones entre los unos y los ceros.

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